Cuando hay caminos desde la soledad al poema

La dimensión del tiempo no la miden los pasos cansados ya de peregrinar por la tierra; quizás lo haga mejor el aletear de alguna mariposa ebria que sucumbe al recoger su silencio en la sombra.

La poesía viene desde la infancia de la luz, desde el atrio de alguna catedral abandonada en un valle de piedras salvajes y dóciles, desde el agua de un río que perdió la memoria y regresa con su cristalería y sus dioramas de inocencia, de algún árbol que murió en el paisaje y se hizo fábula para diafanizar los horizontes. La poesía es un relámpago, el clavel de una nube, un evangelio, tal vez una memoria. Cuando se inserta a la sensibilidad humana sube por la montaña, desciende y esparce sobre las colinas la nieve que se aleja por el abra del sueño. Se ciñe su traje de perennidad, crea el júbilo, la nostalgia, alguna vez la protesta, pero lo fundamental se hace lenguaje.

María Cristina Solaeche publicó en el 2003 su primer poemario “Un amor de Miel y Ajenjo”, una poética del vivir y el amor. Llega otro libro dentro de una tonalidad distinta: el sosiego, el paso herido, la memoria en la nube del tiempo; se desvela el rocío y la voz recoge la cosecha de los silencios, y no hay algo más espectacular y humano que el signo de un silencio se transfigure en imagen para la poesía. ¿Hay, acaso, neutralidad en el silencio?. La imagen no necesita de palabras, es nuestra, de todos, del universo sensible, del hombre y del tiempo. Por eso, la subjetividad nos adormece en silencio sin importar cualquier algarabía.

“Poemas Ásperos y Oscuros” es un itinerario, un film con tomas interiores donde el temple y la fragilidad humana se desbordan; donde un deseo de evasión no podrá jamás materializarse, porque no viene de la ensoñación que es una entrega, sino de un acoso vital que se ilumina como un cielo en medio de relámpagos y golpea los pasos mientras la memoria se hace calidoscopio, errancia interior.

Su poesía tiene piel y cuando la palabra resbala se humedece por ese temblor que se fragua, tal vez de manera inconsciente en la nervadura del silencio íntimo de su paisaje. Desde su inicio, el libro es un diálogo con la vida cuando nos ha dado tiempo y circunstancias para elaborar su palabra, y es muy original su forma reiterativa del contraste:


¡Úsame!

me gritas

pues yo … te uso

¡víveme!

pues yo … te vivo

contémplame desde tu poema

porque en tu vida está mi historia

porque en tu historia está mi vida.


Allí está el libro, la poesía integral, cualquier comentario sería un excedente, un imaginario que va sobre el camino. Y la vida golpea, cae y se levanta, nos vive, la vivimos. ¿De qué color la rosa de sus tatuajes?. En el quinto poema de “Contigo Vida”, parece que ya se ha vivido, pero el tiempo no tiene límites precisos:


Contigo

vida que me viviste

vida que te viví

me arranqué las alas de mariposa

diseminé sus colores

anudé sus aleteos

regresé a la crisálida

ondeé hacia atrás mi cuerpo

devoré los verdes traslúcidos

porque me estraga el negro…,


Parece un final, pero no lo es, porque los paisajes interiores se van únicamente con nosotros y, mientras el desvelo persista, las sombras se diluyen ante la claridad de las luces que vuelven; por eso la poesía no es vencida en su condición de evangelio.

María Cristina Solaeche viene de una estirpe cidiana. Sus padres: un binomio de alto espíritu, llegados un día por las aguas que condujeron bondad, arte, música y palabra. Su padre , arquitecto de la voz, el color y los espacios, su madre, un fabulario del cante y las muñecas. Entre ellos, por el corazón de todos, y hoy, especialmente de la poetisa: “Artxanda” la vieja casa donde llovió de tarde y en el alba: “ladrillo a ladrillo” jaspeada de luces y de sombras donde se viven mutuamente y se reparten los primeros y últimos panes. Los pasos caminan ahora por otros silencios, pero son los mismos que buscan sus sombras.

Es interminable su poesía del vivir, surge con los pasos y concluye cuando estos se detienen y se convierten en símbolos, en signos errantes de un incierto destino. Cabe muy bien aquí la estancia III del poema “Canto de Ingenuidad”, de Luis Enrique Mármol.


“Y cuando nuestros ojos se abrieron y miraron

la vida tal cual era, todavía soñamos …

Y cuando los dolores, los engaños , hicieron

presa en nuestros espíritus ilusorios y tiernos,

todavía soñamos… y sin odio y sin quejas,

¡oh Cristo! proclamamos lo noble de las penas

y sentimos ¡oh Cristo! compasión infinita

por el verdugo… cuánto mejor era ser la víctima.”


El poema “Mi Sombra” del contexto del libro “Poemas Ásperos y Oscuros”, encaja perfectamente en la tonalidad del poema de Mármol, lo que demuestra el deambular de la poesía en el tiempo y su influencia en otras voces que llegan. El poema de Mármol fue escrito en 1922 y el de María Cristina está inédito aún, y estoy seguro que ella no conoce la obra de Mármol, breve pero honda. No sé porqué, es quizás el menos conocido hoy de los poetas del 18. La poesía como las sombras va hacia el estuario universal y puro de un río interminable.

¡Esta poesía de María Cristina Solaeche participa de tantas cosas!. Es el eco reminiscente de un pasado cercano y doliente, es el paso ritual de la cotidianidad hecha costumbre, urgencia o plenitud sosegada, “memorias del amor” cuando lo amamos todo; una soledad presentida que abre las puertas y se ubica en las alcobas y en el alma; la piedra que solloza de tanto dar golpes ilusorios y al fin se hace mito existencial junto a los pasos; desasosiego de los horizontes y brecha que conduce tal vez para una nueva visión resignada. Es una poesía que lo abarca todo, desde “las rendijas de la ventana” hasta “los abismos del alma”, que no deja de ser una distancia demasiado larga para recorrerla con pasos furtivos y dolientes.

Da la impresión, que después de leer la V. estancia de “Contigo Vida” todo ha terminado: “porque en tu historia estuvo mi vida”. Pero no es así. Pensamos muchas veces que hemos lanzado las palabras por algún precipicio de donde no pueden ser rescatadas, pero regresan solas y vuelven a aposentarse en nuestro imaginario. Así le pasó a la poetisa; después de lanzar sus versos hacia una soledad inimaginable, pensó se había quedado sin ellos, pero vio venir una ventisca, y eran sus versos, poemas del futuro, donde cree concluir su soledad.

Mientras la poetisa espera, vamos a esperar nosotros también los efectos de ese brebaje que ella tomó, no sabemos si en los barandales del alba, o en la lejanía próxima de un atardecer.

Camilo Balza Donatti

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