Poemas de Vampiros

Charles Baudelaire, nació en París en 1821. Fue el más refinado de los "poetas malditos". Los poemas que aquí ofrecemos, junto al resto que componen el poemario "Las flores del mal", contribuyeron sin duda a que en 1857 la policía retirara el libro de circulación, aunque ya para ese momento la mayoría de los ejemplares se habían vendido al triple de su precio inicial. Su vida terminó tragicamente en la cama de un hospital en 1867.

Remordimiento póstumo

Cuando en el fondo duermas, mi bella tenebrosa,
de una bóveda en mármol oscuro trabajdo,
y ya no tengas más por alcoba y morada
que una llovida cueva y que una huesca fosa;

cuando la tierra oprima tu carne perezosa
y tus flancos que el ocio con encanto a pulido,
ni haya en tu corazón el amor, ni el latido,
ni tus pies puedan ir tras de ninguna cosa,

la tumba, confidente de mi sueño infinito,
en esas noches de las que el sueño está proscrito
-la tumba y el poeta son hermana y hermano-

te dirá: "Coertesana de atractivos inciertos,
¿de qué te vale ahora ignorar a los muertos?"
Como un remordimiento te roerá el gusano.

 

La metamorfosis del vampiro

La mujer nos decía con su boca de fresa,
ondulante, acechante, entre sierpe y tigresa,
los senos oprimidos a punto de estallar,
estas palabras que ella dejaba resbalar:
"Yo tengo el labio húmedo y conozco la ciencia
que en el fondo del lecho diluye la conciencia.
Enjuga todo llanto la gloria de mis senos
que hacen reír a los viejos igual que a niños buenos.
¡Y soy para quien sepa contemplarme sin velos
la luna, y soy el sol, las estrellas, los cielos!
Tan docta soy amando, queridos sabihondos,
cuando un hombre aprisiono en mis brazos redondos
o cuando a sus mordiscos abandono mi pecho,
frágil y libertina a la vez, que en mi lecho,
gustador del deleite que raya en frenesí,
hasta los mismos ángeles se perdieromn por mí."

Cuando toda la médula succionó de mis huesos,
y sobre ella rendido quise darle mis besos,
advertí que en sus flancos -todo fue en un momento-
resbalaba un humor viscoso, purulento.
Cerré entonces los ojos de frío y de terror,
y al abrirlos de nuevo al vivo resplandor,
junto a mí, y en lugar del maniquí gozado
que parecía haberse ya de sangre saciado,
temblaba un esqueleto, produciendo un crujido
como el de esa veleta que da un agrio chirrido,
o el rótulo hecho trizas del humbral del infierno
tremolando en el viento de una noche de invierno.


Charles Baudelaire
(tomado de LAS FLORES DEL MAL)

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