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Entrevista
a J.A. Calzadilla Arreaza
Creo que para quien desee poseer hoy en día una filosofía, y no aspiro a que sea el caso de todos, lo más cómodo es que ésta sea transportable. Esto encierra en sí una propuesta filosófica, que es la siguiente: si queremos un instrumento para pensar la realidad, éste debe ser tan movedizo y cambiable como la realidad en que vivimos, que se parece tanto al caos. Una filosofía de bolsillo renuncia a la permanencia en los límites y territorios estables para transportarse ella misma, desplazarse y refugiarse, a lo largo y a través de todas las fronteras establecidas hasta ahora como inamovibles. Especialmente las fronteras del pensamiento, que son las que determinan el lenguaje, la percepción y la acción.
Estos dos libros se nutrieron de una misma placenta, por eso insisto en que deben leerse uno en correlación con el otro. Los Conceptos, por ejemplo, pueden ayudar a sistematizar u organizar las ideas puestas en práctica poética en las Crónicas. Éstas se escribieron lentamente, y tuvieron mayor tiempo de maduración, y mayor exposición a la diversidad. Los Conceptos, en cambio, nacieron como una erupción poética, arrastrándose unos a los otros, una vez que estaban casi terminadas las Crónicas. De hecho, fue una serie de textos de las Crónicas, y un personaje que cobró insistencia, Diógenes de Caracnis, los que me hicieron sentir el impulso de organizar una especie de manual poético de filosofía, sobre la inspiración lejana del Diccionario del Diablo de Ambrose Bierce. Ambos libros son filosóficos y ambos son poéticos, pero los Conceptos son como el sistema y las Crónicas como las acciones enunciantes, unos son como la lengua, las otras como el habla. Por eso yo mismo hago una lectura intertextual de un libro con otro, en la que ambos se explicitan recíprocamente.
Sin duda nace de un proceso complejo, aunque su producto parezca simple. Por un lado hay una idea, por ejemplo, un escritor planifica su suicidio para vender mejor sus obras completas. Otro escritor podría tomar este argumento y darle un desarrollo maximalista, llevarlo hasta la novela incluso. Yo siento urgencia por concretar el efecto posible encerrado por esa idea de la manera más rápida, capturar la idea en toda su intensidad como en un fotograma o un clip. Pero por otro lado, una sola golondrina no hace verano, como decían los latinos. Un minicuento solo es una curiosidad engavetable, pero si se intuye diegéticamente un universo, suelo, zócalo o plano (abordable y desarrollable en una cadena de acciones puntuales y completas en sí mismas, como en una especie de guerra de guerrillas) del cual puja por brotar una serie de minicuentos: puede ser el fabulario, el manual, la agenda, el álbum, el cuaderno, el códice, etc., etc., entonces uno entiende que el minicuento o minitexto no es un ente solitario sino un modo de arquitectura temática, una estrategia expresiva. Uno está entonces doblemente atento a la idea narrativa o poética, de realización instantánea, casi gestual, y al plano o campo que comienza a producir y dirigir las ideas poéticas con miras a su propio desarrollo. El conjunto de minitextos es una alternativa arquitectónica a la novela.
Puede ser que haya dos tipos de escritor: el adicto a la extensión y el adicto a la intensidad. La intensidad no puede prescindir de la brevedad, y ello no quiere decir que el poeta o el minicuentista sea el único intenso. Borges, por ejemplo, o Nietzsche, son maestros del miniensayo, la minicrítica, etc. Tampoco quiere decir que el “intenso” no pueda a su vez extenderse. Pero el “extenso” debe alcanzar una velocidad desacostumbrada, como un corredor de maratón puesto a correr los cien metros planos.
Ezra Pound ya percibía en los años 20 que las editoriales, junto con los profesores de literatura, son las que impiden la evolución de la literatura. Porque cuidan su capital invertido: derechos, planchas, contratos, etc. Ciertamente el negocio editorial desde hace un buen tiempo se centra en la novela, por razones de volumen, costo y ganancia. Pero un negocio o una industria no hacen ni resucitan un género literario, por más que reinviertan en él. Es posible que las novelas aún se vendan, pero la novela se halla al borde del sepulcro. Por otro lado, si un escritor quiere mercantilizarse, entonces estará dispuesto a renegar no sólo del minicuento sino hasta del antiguo testamento, y a escribir en aras de la venta no sólo novelas sino cualquier bodrio impensable.
Uno puede pensar que el minitexto es un género de transición, como lo fue el epigrama en la edad helenística. En todo caso yo lo siento como una reacción a los discursos totales que deben su credibilidad a su volumen y figura. ¿Cuál es su punto máximo o mínimo? La lógica de alcanzar la sola palabra omniexpresiva conduce al silencio o a la mística. Creo que el minitexto tiende a la expansión a través de la serie o la secuencia, y puede alcanzar cierto estado de novela (o antinovela) trazándose ciertas estrategias de composición. Rayuela es un caso notable del arte minicuentístico aplicado a arquitecturas catedralicias, pero no arborescentes sino rizomáticas. Otro tanto podría decirse de Pedro Páramo y otras grandes novelas contemporáneas. Quizás el minicuento posea el secreto, aún no sabido por él mismo, de una novela del futuro. O tal vez la novela no tenga más futuro que el minicuento.
Si el afán crítico se lee como afán de molestar, es cierto que el minicuento, como todos los géneros menores, arroja pica-pica en los lomos de la literatura. También hacía eso Fedro con sus fábulas frente a monumentos como La Eneida. ¿Por resentimiento? Quién sabe.
Es posible que el minitextista tenga un sentido más fino que los demás para la fragmentariedad inherente a la novela moderna, y justamente has mencionado tres pilares de la novela moderna. Ésta es un inmenso amasijo de fragmentos cuyos cabos se estiran y se hilan en busca de un tejido arquitectónico. El Quijote inventa en su interior la metaliteratura y el metanarrador. Moby Dick es una infatigable novela fragmentaria, con fragmentos de diversas proporciones, a veces prolongados y agónicos. Del Ulises se podría decir lo mismo. Para sorprenderte aún más que otros minicuentistas, te diré que uno de mis libros favoritos es En busca del tiempo perdido, de Proust.
Creo que la idea de un minicuento, y no quiero decir de todo minicuento, puede ser infinitamente desarrollable, hasta la novela o el filme. Ahora, es posible que dada una novela o película, y un minicuento de una misma idea, sea mejor el minicuento, o por lo menos más breve y menos fatigante.
Creo que Bill Gates no ha tenido la oportunidad de leer un buen libro de minicuentos últimamente. |
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